jueves, 21 de febrero de 2013

lineas

El estado de shock requiere, en teoria, ciertas dosis de sorpresa. Puede llegar por simple inconsciencia, pero lo propio es que aparezca por efecto de un contraste brutal en eso que se llama realidad.

Cabe suponer que la caida del asteroide en Rusia haya producido unos cuantos efectos de shock, y quizas no tanto en quienes vieron la cola luminosa y su estallido, como en aquellos que en el interior de edificios vieron como todo temblaba y saltaban por los aires los cristales. Ver que algo cae del cielo debe de acojonar lo suyo, pero al mismo tiempo ofrece la posibilidad de pensar en vias de escape (siempre y cuando no se te venga encima). Estar al margen de lo que sucede en la calle y sufrir directamente los efectos sin saber de que va la cosa solo puede ser una putada.

Despertarme un dia de madrugada con la tele encendida y toparme a Punset entrevistando a un sanisimo Cronenberg tuvo algo de shock. Tendria el bueno de David, que se yo, 55 o 60 tacos, y ahi estaba, luciendo brazos fornidos, sentado sin perder energia y con una mas que evidente presencia fisica. Un tio al que te imaginas entrenando cada mañana para sobrevivir a la realidad de un oficinista tedioso, solo que en este caso sabias que era la mente escondida tras un buen puñado de peliculas que existian a partir de la idea de la (auto)destruccion del ser humano mediante su propia transmutacion. Un tio del que en realidad solo recordaba su aspecto de panfilo cuatro ojos en Razas de Noche, y que de pronto parecia haber adoptado la posicion contraria a la de sus protagonistas: mejorar alli en un punto en el que ya deberia estar descomponiendose.

La descomposicion es, en definitiva, el gran shock. No tiene por que ser repentina, eso es solo doloroso. La perdida del lustre fisico, el avance hacia la vejez, la rotura fisica es el gran miedo. Si se lleva a cuestiones materiales solo se intercambian los principios: que un terremoto tire tu edificio, que quiebre la banca y te quedes sin nada. La epica de las historias de la vida real del Reader's Digest es, en realidad, la fantasia autodestructiva de cualquier persona que se precie: el mismo miedo a que algo terrible suceda no provoca mas quebraderos de cabeza que saber que todo tiene que empeorar de manera obligada. Puede que ese terremoto no llegue, pero tu casa se resquebrajara por el simple paso del tiempo.

El gran truco de Fringe pasa por unir todos los tiempos, por crear un conjunto demencial en el que la mayor fantasia no es la innovacion tecnologica, sino la posibilidad de que se puedan pisar y complementar diferentes relatos que parten de una misma realidad. Su uso, como recurso, falla por precipitado: el espectador quiere entender lo que sucede y los creadores olvidan que este es vago. Pasaba ya con Primer: suponia un problema no entenderla, pero eso no quiere decir que nadie quisiera echar mano de los esquemas que rapidamente comenzaron a aparecer por la red.

Esa gran fantasia de Fringe no esta tan lejos de LOST, aunque aqui el publico se termino cansando justo por lo contrario: la falta de precipitacion compone otro tipo de relato, y el espectador pierde interes por lo que en ocasiones parece acercarse al tedio. Lo que en Fringe son pinceladas que resaltan las mas o menos anecdoticas diferencias entre realidades, en LOST se jugaba a meter brochazos que trazaran las diferentes direcciones argumentales. Al publico probablemente le gustaria mas el intermedio: un juego de texturas ligero que no terminara de solapar la presencia de unos personajes sin vida interior, pero de azarosa existencia.

Al final alli donde JJ Abrams mete la patita parece haber un divertido componente sociologico, y el mismo establece una especie de epica del descontento: Cloverfield se desequilibraba al no saber decantarse por la catastrofe verite o el romanticismo chusco, y en Super 8 pesaba mas la impostada sensibleria adolescente que la irrealidad de un monstruo gigantesco. Cronenberg, en eXistenZ, quizas definia sin querer el posicionamiento de ese publico discolo: la gente no quiere verse reflejada como marionetas de relatos orquestados. Luego, en la vida real, el shock llega cuando entienden que lo son.

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